Trabajo versus Chamba
Confieso también que, dada que la mayoría de quienes leen este blog, son profesionales que actualmente se encuentran trabajando, habrá a quienes probablemente no les guste tanto como a otros… dependerá de a qué grupo consideran que pertenecen, al de quienes trabajan o al de quienes solo se atarean.
Verán, desde mi punto de vista, hoy los profesionales o miembros de cualquier gremio, oficio o industria tenemos dos opciones: llenarnos de tareas, jugar a la política y buscar como justificar nuestro trabajo en la organización a la que pertenecemos, o bien buscar realizar un trabajo que en verdad tenga un impacto en nuestra empresa, en nuestra industria y sobre todo en nuestra comunidad.
A simple vista cualquiera creería fácil y obvia la respuesta, pero en realidad no lo es tanto.
De buenas a primeras cualquier persona pensaría que están contribuyendo con su trabajo pero ¿en realidad lo están haciendo ó están solo cumpliendo con una serie de tareas para cumplir con sus labores cotidianas?
Es decir, ¿Están pensando solo en como crecer su carrera, ganar el siguiente puesto y obtener el próximo incremento salarial ó piensan en como poner su grano de arena en la organización e industria en la que trabajan?
¿Pasan el día buscando la manera de tener contentos y “apaciguados” a sus jefes ó retan al estatus quo para llevar las cosas al siguiente nivel al que saben que pueden y deben llegar?
¿Hacen solo lo que sus jefe y el jefe de su jefe esperan como mínimo necesario, incluso cuando esto vaya en contra de sus valores ó toman riesgos y hacen lo que saben que es mejor para el negocio, para sus clientes, para su industria y para su comunidad?
¿Quieren hacer lo popular y “pertenecer” al grupo ó hacen lo correcto, lo difícil, lo que otros no quieren hacer?
¿Pasan horas y hasta días creando elaborados reportes de trabajo para justificar su rol en la empresa o dedican su tiempo a crear y desarrollar proyectos que beneficiarán a su negocio y su industria, dejando que su trabajo hable por si mismo?
¿Enfocan toda su energía a llegar a la cuota del mes, del trimestre o del año, a como de lugar ó están enfocados a generar un valor real para sus clientes, para sus accionistas y sobre todo para sus empleados?
¿Buscan vender todo el tiempo ó desarrollan negocios y relaciones que crean valor para todos los involucrados?
¿Su objetivo diario es sobrevivir la semana pensando en la quincena que viene y en el bono que ganarán al final del trimestre ó empiezan cada mañana pensando en todo lo que pueden lograra ese día?
¿Pasan días buscando la manera de quitarle a otros o crean oportunidades nuevas para todos?
Ocuparse y atarearse en el trabajo es realmente fácil de hacer. Mantener contento a un pequeño grupo de personas tampoco es tan complicado. Ser uno más del grupo es realmente sencillo. Justificar nuestro trabajo lo es también.
Crear valor, hacer un trabajo que realmente impacte positivamente la vida de otros, y sí la de los accionistas también, eso es mucho más complicado de lo que cualquier puede pensar.
Por eso pregunto una vez más ¿Quién quiere seguir chambeando y quién mejor se va a poner a trabajar?
Reconocimiento no es igual a realización.
Para muchos, tomar su primer trabajo es resultado de una necesidad para generar ingresos y mantenerse. Para otros más afortunados, comenzar a trabajar es algo “normal” y esperado al cumplir cierta edad y para otros tantos aún con más suerte empezar a trabajar es también la oportunidad de realizar un sueño de años.
Sea cual sea la razón por la que hayamos comenzado a trabajar, todos buscamos algo en común de nuestro trabajo que va mucho más allá del dinero que ganamos: realización.
El problema con la realización que esperamos lograr con nuestro trabajo es que, en la mayoría de los casos, no sabemos qué se siente o como se ve esa realización, así que equivocadamente creemos que la veremos reflejada en el reconocimiento de nuestro trabajo.
Esperamos que nuestro jefe reconozca abiertamente y frente a nuestro equipo, el gran trabajo que hemos hecho. Esperamos que la organización que nos emplea reconozca nuestro esfuerzo y dedicación a esta recompensándonos con una promoción, un incremento salarial o un bono especial.
Esperamos que la industria de la que participemos nos reconozca como líder de opinión en esta, invitándonos a impartir conferencias, a escribir para publicaciones, y algunos, hasta con homenajes o tributos.
Esperamos que nuestros amigos nos reconozcan adulándonos, diciéndonos todo lo que nos admiran, estiman y respetan.
Y esperamos que nuestra familia nos reconozca como un gran proveedor, como una muy buena pareja, un excelente hijo y un mejor padre.
Esperamos, esperamos y seguimos esperando a que se nos de el reconocimiento que creemos que nos merecemos, en el tiempo y forma en la que pensamos que lo merecemos.
Y así, esperando, nuestro ego e inseguridad van consumiendo nuestra paz.
Nos angustiamos, enojamos y hasta deprimimos porque no hemos recibido el reconocimiento que sabemos merecer y que necesitamos tanto para sentir que por fin, después de tanto esfuerzo casi sobre humano, nos hemos realizado.
Y olvidamos por completo que la realización de cada uno como persona no puede venir de ningún factor externo. Perdemos de vista que si dejamos nuestro sentido de realización en manos de otros, jamás lo obtendremos, pues cada quien está tan ocupado, como nosotros, por obtener su propia realización.
Yo he cometido con frecuencia este error, después de todo el ser humano es el único animal capaz de caer en la misma trampa más de dos veces.
Y cada vez que me descubro esperando el reconocimiento de otros para sentir que lo estoy haciendo bien, tengo que preguntarme a mi mismo por que estoy haciendo el trabajo que estoy haciendo y entre otras cosas cuestionarme también:
¿De todas las tareas que tengo que hacer en mi trabajo, son muchas más las que disfruto que las que no?
¿Hago lo que me gusta y me gusta lo que hago?
¿El precio que pago por hacer lo que hago es el que estoy dispuesto a cubrir?
¿Cuándo hago bien mi trabajo, veo a alguien sonreírme al espejo?
¿He podido ver como mi trabajo aporta a la vida de alguien más?
¿Cuando llego a casa tengo más sonrisas que malestares que compartir?
Y puede ser que al responderme estas y otras preguntas no sea capaz aún de decir si me he realizado o no, pero más seguro que no, por lo menos veré si voy en el camino correcto o no.
De decisiones, acciones y consecuencias.
Piensa por un momento en alguna situación muy buena que hayas vivido.
Piensa ahora en una experiencia muy difícil que hayas pasado.
Piensa como esas dos te han llevado hasta donde hoy estás.
Ház un esfuerzo y recuerda cada detalle de lo que ocurrió tanto en aquellos grandes momentos, como en esos que preferirías no recordar.
Piénsalo y recuerda las decisiones que en esos momentos tomaste y con las que hasta ahora has tenido que vivir.
No pienses en las razones o factores que predispusieron a cada situación. La vida sucede, hay muy gratas experiencas y otras muy dolorosas también. Sobre eso no tenemos control.
Pero lo que sí podemos controlar es lo que decideremos hacer a partir de ese momento y el saber que cada decisión que tomemos traerá consigo una serie de consecuencias, ni buenas ni malas, solo consecuencias, que irán formando parte de nuestra realidad.
Tal vez alguien perdió su trabajo y decidió que no servía para trabajar… En tanto que otro decidió aprender y enfocarse en aquello que tenía que mejorar…
Tal vez alguien decidió salir a tomar con sus amigos en lugar de terminar ese importante proyecto que al día siguiente tenía que entregar… Mientras que otro decidió ignorar a sus amigos por mucho tiempo para enfocarse solo en trabajar…
Puede ser que alguien haya fallado una y otra y otra vez, pero haya decidido continuar luchando porque sabe que con cada fallo está mucho más cerca del acierto… a la vez que otro simplemente ya no quizo seguir…
Posiblemente alguien decidió ignorar las señales que su organismo le enviaba de dolor y que ahora lo tienen delicado de salud… Y a lo mejor alguien decidió comenzar a cuidar su salud a partir de hoy.
Piensa en todas las decisiones que hasta el día de hoy has tomado y piensa en la realidad que con estas te has formado.
Piensa en lo importante que es cada decisión que haces, piensa en las acciones que como resultado de tus decisiones habrás de tomar y acepta con congruencia las consecuencias que estás traerán.
Del quisiera al quiero lograr.
“Quisiera bajar de peso”, “Me gustaría estudiar un posgrado”, “Me encantaría vivir en ______”, “Como quisiera trabajar por mi cuenta”…
Cuantas cosas nos gustaría hacer. No puedo recordar un solo día en que no haya escuchado a alguien (con cierta frecuencia a mi mismo) decir todo lo que quisiera lograr y hacer.
Pero realmente ¿Que tan comprometidos estamos con lo que queremos hacer?
Hay una gran diferencia entre un simple quisiera y un quiero de verdad.
Un simple quisiera es una respuesta casual a un difuso interés en algo que, en realidad no es de mayor importancia para nosotros. Un Simple quisiera no hace otra cosa más que reflejar algunos de nuestros gustos o fantasías:
Nos gusta una ciudad u otro país por su colorido, calidad o nivel de vida y decimos que “nos gustaría vivir ahí”, vemos el estilo de vida o de trabajo de alguien más y comentamos que “quisiéramos trabajar ahí”. Encontramos una fotografía de cuando pesábamos 20 kilos menos y pensamos “quisiera estar tan delgado como a mis 20s otra vez”. Vemos a un profesional que nos inspira con su trabajo y decimos “quisiera ser tan exitoso como él/ella”.
Pero un simple quisiera deja las cosas tal y como están, porque un simple quisiera no requiere de un compromiso de nuestra parte, no exige ni el más mínimo esfuerzo, ni mucho menos implica un riesgo para nosotros, más allá de que las cosas, por más que quisiéramos que fueran de otra forma, siempre seguirán igual.
Un quiero, en cambio, es definitivo.
Un quiero implica que sentimos algo más que un casual gusto por algo; un quiero indica pasión por aquello que queremos lograr.
Un quiero separa al amateur del profesional. Un quiero rompre records en los deportes y crea empresas que cambia la historia de los demás.
Un quiero fija objetivos, marca un rumbo e indica que estamos dispuestos a hacer grandes esfuerzos y sacrificios por aquello que queremos lograr.
Un quiero, detona la definición de un plan y su puesta en acción.
Un quiero nos impulsa a permanecer en el camino que hemos emprendido, nos hace responsables por los avances que tengamos, por los retos que enfrentemos, las desfortunas que en el camino tengamos y las lecciones que de estas aprendamos.
Un quiero nos ayuda a rodearnos de personas que comparten nuestra pasión y compromiso y que, por lo tanto, pueden ayudarnos (y nosotros a ellos) a lograr lo que queremos.
Un quiero puede cambiar vidas enteras.
Por eso hoy, dedica un buen rato a pensar y separar tus simples quisieras de tu quiero de verdad, da ese primer gran paso y arranca desde ya ese plan de acción que te llevará a donde en verdad quieres llegar.
Dulce resistencia.
Pero enfrentar una gran resistencia que se muestra clara y franca para avanzar es, de hecho, el mejor tipo de resistencia podemos enfrentar:
Si en nuestro camino encontramos un muro alto y ancho que hay que sortear para seguir adelante, entendemos que tendremos que saltarlo, rodearlo o atravesarlo para seguir adelante y buscamos la manera más eficaz de hacerlo; en cambio si en el mismo camino encontramos un cómodo sofá que nos invita a descansar y tomarlo con calma, probablemente nos acomodemos tan bien en el que olvidemos continuar.
Tener en frente un gran reto y que las cosas se presenten difíciles, no es lo peor que nos puede pasar. Tener críticos que menosprecien nuestro esfuerzo o cínicos que digan que nunca lo vamos a lograr, tampoco. Por el contrario, cuando menos así identificamos bien al enemigo a vencer y podemos calcular el tamaño del esfuerzo que nos va a tomar llegar a donde queremos llegar.
Por el otro lado, cuando las cosas aparenten ser fáciles, cuando todo lo obtenemos sin mayor esfuerzo, cuando vivimos cómodos en el estatus quo y rodeados de gente que solo nos dice que todo lo que hacemos lo hacemos bien y nos justifica cuando no lo hacemos; cuando nosotros mismos nos damos más “Chance” del que en verdad necesitamos, no hacemos otra cosa que engañarnos a nosotros mismos, y crearnos algo mucho peor que un gran reto. Nos creamos una dulce y amigable resistencia que poco a poco y sin darnos cuentas nos va alejando de nuestro camino.
El gran problema con esta dulce resistencia es que casi siempre viene acompañada de genuinas y buenas intenciones y, por lo tanto, no estamos alertas ante estas.
Es como la metáfora de la rana hervida. ¿La recuerdan? Si tratas de meter a una rana en una olla de agua hirviendo, esta inmediatamente saltará afuera para salvarse a si misma, pero si tomas a la misma rana y la pones dentro de la misma olla con agua a una temperatura agradable para esta y lentamente vas aumentado la temperatura hasta hervir el agua, la rana se quedará ahí,cociéndose sin darse cuenta.
Piénsenlo un momento. ¿Cuántas veces no hemos caído ante esta afable resistencia?
Cada vez que apretamos el botón de snooze en el despertador para “dormir 5 minutos más” en lugar de levantarnos a hacer el ejercicio que tan solo la noche anterior nos prometimos que íbamos a hacer sin falta, justificándonos tras el pretexto de habernos acostado tarde y que merecemos dormir un poco más.
Cada vez que teníamos que estudiar tan solo un poco más para el exámen del día siguiente y que nuestros amigos nos convencían de ir a jugar dardos y tomar algo en la noche.
Cada vez que un famililar, un ser querido o nosotros mismos justificamos alguna falta de nuestra parte estamos, de algún modo, sometiéndonos a esa dulce y amigable resitencia.
Y no es que esté mal darnos espacio o que tengamos que vivir en un régimen dictatorial.
Está bien tomarlo con calma y regalarnos, de vez en vez, “5 minutos más”. Pero si ese “chance” nos distrae constantemente de donde tenemos que enfocarnos para lograr nuestros objetivos, entonces no se trata de un tiempo y espacio para nosotros, sino de una dulce resistencia que tenemos que enfrentar.
Picture credit: Vivianev
Seguir esperando o comenzar a avanzar…
“Quiero ser grande para hacer lo que yo quiera”, “Cuándo pase a prepa todo irá mejor y seré más popular”, “Ya en la Universidad seguro seré un mejor estudiante”, “Ahora que trabaje ya podré hacer lo que quiero”, “Una vez que me promuevan, tendré el trabajo que siempre he soñado”, “En tanto reciba ese aumento me caso”, “Ahora que tenga más tiempo empezaré a hacer ejercicio”, “Nada más me caiga un dinerito de más hago ese negocio que cambiará mi vida”, “Ahora es muy arriesgado, pero nada más que la economía mejore, me aviento”, “Si quería pero la burocracia de mi empresa no me lo permitió”, “Yo envié el mail pero mi jefe nunca me respondió”.
Si existiera un libro que hiciera un compendio de todos los pretextos absurdos que usamos todos los días para no avanzar en nuestra vida, seguro todos estos estarían ahí, justo a un lado del perro que se comió la tarea y la puerta eléctrica que no abría porque se fue la luz.
Pareciera que hemos arrasado ya con todos los posible pretextos para no tomar acción y realizar nuestros sueños.
Pareciera que nos sentimos más cómodos asignando culpas y otorgándole el poder de lo que sucederá con nuestra vida a otras personas o cosas, que asumiendo la responsabilidad que por hecho y derecho nos corresponde.
Pareciera que preferimos ser víctimas de la realidad de otros, a construir nuestras propia realidad.
Pareciera pues, que preferimos la comodidad de ser pasajeros a la responsabilidad de ser el conductor.
El problema es que así, jamás podremos llegar a donde queremos llegar. Jamás podremos hacer nuestros sueños realidad.
Y la pregunta que me queda es ¿Qué estamos dispuestos a hacer para convertir nuestros sueños en realidad?
Hoy…
Alguien está trabajando en domingo en la noche.
Alguien está viajando lejos de su familia por trabajo.
Alguien está estudiando una segunda o tercera carrera.
Alguien está dedicando 8 horas diarias de entrenamiento físico.
Alguien tiene 2 o 3 trabajos para desarrollar su proyecto personal.
Alguien está dejando de comer chatarra y aprendiendo a nutrirse mejor.
Alguien está donando su tiempo y dedicación a una causa que mejore la vida de otros.
Alguien está practicando meditación y concentrándose en mejorar su salud física y mental.
Alguien está dejando de comprar ese reloj de lujo para invertir su dinero en su nueva empresa.
Alguien está tomando la iniciativa de ejecutar un proyecto a pesar la burocracia de su organización.
Hoy alguien está haciendo que las cosas que quiere lograr: sucedan.
Hoy alguien por fin dejó de esperar y comenzó a avanzar.
¿Y qué estás haciendo tú?
Picture credit: Silvia de Luque
De títulos, cargos, tarjetas y ladrillos…
Mientras que algunos viven eternamente enamorados de su título, otros se apenan de el y juran merecer uno mejor. Otros critican el de los demás y unos cuantos más lo usan como su cobija de seguridad. También hay quienes deciden con quien sí o no hablar dependiendo del título indicado en al tarjeta de presentación de esas personas. E incluso hay hasta aquellos que portan su tarjeta cual placa de sheriff “charoleándola” ante quienes los rodean y lamentando no poder usarla también como ladrillo para pararse “en lo alto” frente a los demás.
El problema con los títulos, sin embargo, es que todos son prestados. Todos son asignados basados en la percepción de solo unos cuantos. Y todos, absolutamente todos son temporales.
Todos tenemos que rendir cuentas a alguien y ese alguien tarde o temprano requerirá de alguien diferente para cubrir sus necesidades de acuerdo a como estas vayan evolucionando. Y cuando esto suceda, aquel apellido prestado y reputación empeñada al nombre de la organización que te otorgo dicho nombramiento, dejará de significar algo para los demás.
Y no es que no la gente no merezca tener el título. Seguro muchos méritos y logros le habrán valido llegar hasta ahí. Pero un título jamás debe ser tu cumbre, pues esas están hechas tan solo de papel.
El día de mañana, la gente no recordará que título ostentabas sino que hiciste por ellos, cómo los trataste y cómo los hiciste sentir.
Por supuesto que los organigramas y las jerarquías son necesarias para poder operar cualquier organización. Por supuesto que se requieren personas que asuman el liderazgo de un equipo, que quieran hacerse responsables por este y que rindan cuentas de las decisiones y acciones del mismo. Sin estos, ninguna operación podría avanzar.
A decir verdad, quienes toman este camino merecen todo nuestro aprecio, respeto y admiración, pero solo por lo que hacen y nunca por lo que pretenden ser.
Contar con una tarjeta de presentación que exponga en letras brillantes y resaltadas un título nobiliario no debería ser necesario para ejercer autoridad sobre un grupo. Hacerlo así es basarse en una “autoridad formal” y no una “moral”… pero ese es tema de otro post.
Los títulos que has ostentado o en ocasiones cargado cual lápida en la espalda, deberías guardarlos para ilustrar tu trabajo y experiencia laboral, solo ahí, en tu Curriculum Vitae.
Y en tu tarjeta de presentación mejor comparte cual es tu trabajo (contador, marketero, financiero o coach), a qué te dedicas día con día (a crear, a entretener, a escribir o a hablar) o mejor aún, dinos que es lo que haces por los demás.
A jolly good fellow, Creador de historias, Mentor y aprendíz y Thinking partner, son solo algunas de las mejores descripciones que, hasta ahora, he leido en una tarjeta de presentación.
¿Qué escribirías tú?
Compartiendo y aprendiendo de una industria.
Son solo algunas de las más tristes excusas que he escuchado en los últimos años de parte, lamentablemente, de algunos muy destacados miembros de la industria del marketing digital.
Pretextos absurdos para esconder su miedo a no ser lo suficientemente buenos para competir. Prefieren incluso que una industria entera se quede estancada, siempre que esto les permita conservar por un rato más, eso a lo que ellos prefieren llamar ventaja competitiva.
Y entonces, un mercado que debería crecer tan rápido como la tecnología, se ve deprimido en su desarrollo, no por la poca adopción, experimentación o inversión de los anunciantes, sino porque algunos, simplemente no predican con el ejemplo.
“La información es poder” bien dice el dicho y tristemente a algunos aún les gusta creer que “quien tiene la información tiene el poder”. Sin embargo, lo cierto hoy es que la única manera de seguir creciendo y desarrollando cualquier industria, organización o mercado es compartiendo y aprendiendo.
Que a miembros de tu equipo les ofrezcan nuevas oportunidades de trabajo porque cuentan con un conocimiento y experiencia que obtuvieron colaborando contigo, no es malo, por el contrario, habla muy bien de ti. Que estos quieran explorar estas nuevas posibilidades o no, está en tus manos: ¿qué haces para desarrollarlos y retenerlos? ¿Qué te mantiene atractivo como empresa?
Ayudar a tus clientes a aprender más sobre tú trabajo y prepararlos para saber tanto o más que tú, no es para que ellos dejen de contratar tus servicios, sino para que los sepan aprovechar mejor. Ellos ya tienen muchas cosas en sus manos, y tomar tu trabajo es lo menos que quieren. ¿Cómo te mantienes vigente y a la vanguardia con tus clientes? ¿Qué haces para continuar aportándoles valor?
Participar en proyectos de capacitación y desarrollo a los que puede acceder tu competencia, no debería ser para ti una amenaza. Crear nuevos programas de desarrollo para dotar de mayor conocimiento y mejores herramientas a todos los que participamos en una industria no puede hacer otra cosa más que elevar la barra para todos y crecer el tamaño del pastel.
¿Qué haces tú para mantenerte en la punta de la ola?
En resumen, ayudar a que todos los integrantes de la industria estén mejor preparados no te quita negocio, ni empleados ni clientes. Poner nuestro granito de arena para que todos hagan un mejor trabajo, crece, construye y refuerza la credibilidad de quienes participamos de este mercado y crea nuevas oportunidades para todos.
Por eso comparte, aprende, sueña, actúa y sé feliz.
Picture credit:
姒儿喵喵
M.A.P.A.
Autonomía: Compartir la visión de nuestro negocio y marcar un rumbo claro hacia dónde nos dirigimos es imprescindible. Delegar y asignar claramente las responsabilidades de cada quien y fijar exprésamente las expectativas que tenemos del trabajo de cada persona lo es también. Pero darle entonces a cada integrante del equipo el espacio, el poder de decisión y la responsabilidad para, con sus propios recursos, talento, experiencia y maestría, poder cumplir con los objetivos que claramente fijamos con anterioridad, es indispensable para que puedan avanzar y aportar.
Propósito: Contar con una compensación robusta y beneficios atractivos en contra prestación del trabajo realizado es de absoluta importancia, pero dejarle saber a los integrantes de nuestro equipo que con su trabajo están día a día impactando positivamente la vida de otros y que son una pieza importante dentro de la compleja maquinaria que mueve a la empresa, a una industria o a una comunidad, crea en ellos un sentido de propósito y contribución básicos para la realización personal de cualquier profesional.
Atención: Conocer de cerca a los miembros de nuestro equipo, aprender sobre sus intereses, fortalezas, pasiones, principios y valores; y poner atencíon a aquellas grandes y pequeñas cosas que mueven su vida día con día, para identificar como podemos apoyarlos ubicándolos en roles en los que puedan continuar desarrollando su potencial, a la vez que aportan más a nuestra organización es indispensable para darles Maestría, Autonomía y Propósito también.
Y la pregunta que queda entonces es: ¿Están estos cuatro importantes valores en el MAPA de tu organización?
Picture credit: PepperCam







