¿Qué te mueve en la vida?
Si te hiciera esta pregunta justo ahora y de frente, ¿Qué responderías?
Si estás casado, muy probablemente tu respuesta sería algo así como “mi familia y su seguridad”, si eres soltero y laboras en una gran corporación probablemente responderías “hacer una exitosa carrera” o si has tenido algunas limitaciones económicas anteriormente y hoy cuentas con mejores ingresos, tal vez responderías “darle a los tuyos lo que tu no tuviste”
Es curioso, pero en cada proceso de coaching sobre desarrollo de carrera que facilito, cuando hago la pregunta “¿Qué te mueve en la vida?” siempre recibo respuestas similares, pues son precisamente estas respuestas las que con el tiempo, nuestra sociedad nos ha enseñado a dar.
Por supuesto que todos queremos que nuestra familia esté bien, estable y segura. Claro que todos queremos tener una prolífica y exitosa carrera y contar con más recursos económicos de los que necesitamos.
Pero mucho más allá de lo obvio… ¿Qué te mueve por dentro? Es decir, ¿qué aprieta tus botones? Porque definitivamente todos tenemos distintos botones que presionados en el orden correcto pueden motivarnos, alegrarnos, enojarnos, ofendernos, contentarnos e inspirarnos…
Y si somos capaces de entender con claridad cuáles son, para nosotros, las cosas que efectivamente activan cada uno de estos “botones”, podríamos entonces asegurarnos de presionar, al menos con mayor frecuencia, aquellos que nos ayudan a estar mejor.
No solo sabiendo que nuestra familia está segura, estable y bien cubierta.
No solo teniendo una carrera brillante.
No solo contando con dinero y bienes.
Sino estando contentos y alegres haciendo aquellas cosas que más nos gustan hacer y mejor sabemos hacer.
Y no solo estando contentos haciéndolo, sino realmente realizados porque lo hacemos en servicio y beneficio de algunos más.
El problema, sin embargo, sigue siendo que muy pocos conocen o mejor dicho admiten cuáles son las cosas que realmente aprietan sus botones. Cuáles son las situaciones en las que se sienten tensos y amenazados y que activan sus defensas; y cuáles son los momentos en que más alegres y relajados se sienten. Qué cosas despiertan su creatividad y ganas de innovar. En qué sitios se sienten más inspirados y con qué personas se sienten más seguros y contentos.
En estos procesos de coaching de desarrollo de carrera en los que tengo la fortuna de apoyar a otros, una práctica diaria que recomiendo es la de llevar una bitácora de lo sucedido cada día. Es decir, un diario en el que enlistemos los sucesos del día e indiquemos cómo estos nos hicieron sentir, para así poder identificar los momentos, las circunstancias, las personas, etc, con quienes y durante las cuales nos sentimos mejor y logramos, por lo tanto, un mejor desempeño en lo personal y en lo profesional, a la vez que identifiquemos cuándo, como y dónde nos bloqueamos más.
Para poder después usar nuestra «brújula de vida» para estimar cómo está el balance entre estas distintas situaciones en nuestra vida, para que con un poco de tiempo, podamos ir, en la medida de lo posible, alejándonos de las situaciones que no nos favorecen y vayamos rodeándonos de las personas que mejor nos hacen estar y buscando, y hasta provocando, esos momentos en los que más podemos brillar y ayudar a los demás.
Así que ahora que te vuelvo a preguntar ¿Qué te mueve en la vida? ¿Qué me responderás?
Oportunidad… es.
Cierto es que siempre tenemos que estar alertas y abiertos a las nuevas oportunidades que, en cualquier momento, se nos pueden presentar. Mucho más cierto es que más importante que saber aprovechar una buena oportunidad, es saber crear nuevas y mejores oportunidades para los demás.
Esto es, en lo personal, parte de cómo yo veo la vida.
Pero esta forma de ver las cosas tiene un pequeño pero potencialmente grave error de diseño que te puede llevar, sin darte cuenta, de querer generar o aprovechar nuevas oportunidades, a quedar perfectamente mal con todos.
Y es que con frecuencia, la urgencia por aprovechar y “sacarle jugo” a todo lo que se cruza en nuestro camino, el hambre de emprender, la adicción a aventurarse en nuevos proyectos, la incesante búsqueda de popularidad o el simple miedo al rechazo o el no saber decir no, nos pueden hacer caer en una espiral de francamente desaprovechadas y mal definidas “oportunidades”, que nos llevan a todo menos a sacar lo mejor estas.
Quedamos mal otros pues nos comprometemos a cosas que cabalmente no podremos cumplir. Fallamos en las entregas, descuidamos los proyectos en los que ya estábamos trabajando, provocamos roces innecesarios con otras personas y afectamos directamente nuestra salud física, mental y espiritual porque, prácticamente acabamos con nosotros.
En lo personal, creo que he caído en esta espiral más veces de las que quisiera contar.
Y precisamente buscando no caer más en errores como este es que desde hace tiempo, procuro hacerme (aunque a veces aún olvido hacerlo), cinco simples preguntas que me ayudan a definir si, la que se presenta, es o no la oportunidad que debo crear o aprovechar:
1) ¿Soy la mejor persona (o la mejor organización) para realizar las tareas que se requieren? ¿Realmente contamos con la experiencia, herramientas y capacidad para sobre pasar las expectativas?
2) ¿Este nuevo proyecto, responde y está alineado con mis (o de la organización) intereses, principios y valores, o solo quiero hacerlo por popularidad?
3) ¿Podré cumplir cabalmente con este compromiso sin descuidar los que ya vengo trabajando?
4) ¿Será divertido y disfrutaré haciendo este proyecto? ¿Me rodearé de gente talentosa, honesta y sencilla de quienes podré aprender y con quién podré compartir?
5) ¿Este proyecto nutre e inyecta recursos al motor económico de mi empresa, ayudándonos a continuar operando y creciendo con éxito?
Solo cinco preguntas muy fáciles y rápidas de responder, pero que al hacerlo pueden cambiar totalmente los resultados de nuestros entregables y nuestro desempeño.
Porque al algunas “oportunidades” sí se vale decirles NO.
En trance
Seguramente todos, por lo menos en una ocasión, han notado el paso que se da cuando la inercia de un enorme esfuerzo que estamos haciendo, de repente se convierte en una especie de trance del que no queremos salir. Entramos en un estado de disfrute de lo que estamos haciendo y solo queremos continuar.
Cuando hacemos ejercicio esto sucede con frecuencia: llegamos en la mañana a la pista casi obligándonos a nosotros mismos a estar ahí. Comenzamos a calentar y estirarnos a regañadientes y las primeras vueltas que le damos a la pista son cansadas y dolorosas. Por nuestra mente pasan muchas quejas y pretextos que quisiéramos usar en ese momento para regresar a descansar: “esto no me funciona, ¿por que estoy aquí?” ó “tengo mucho trabajo no tengo tiempo de estar aquí”, entre otros. Entonces, en medio de tantas excusas, sin darnos cuenta, entramos en un estado de satisfacción, las endorfinas que con ese ejercicio estamos liberando empiezan a hacer su trabajo y comenzamos a sentirnos cada vez mejor.
Más fuertes, más ágiles y de mejor humor. Nuestro ánimo sube y ahora por nuestra mente solo pasan ideas de cosas nuevas que podemos crear o formas distintas con las que mejorar aquello que hacemos ya. Nos marcamos nuevos retos, rearmamos nuestra agenda e imaginamos lo bien que nos sentiremos dentro de unos meses cuando hagamos el doble de ejercicio que ahora hacemos (más tiempo, mayor distancia o mayor intensidad).
Ese mismo estado de trance, desde mi punto de vista, es el que con frecuencia podemos alcanzar cuando seguimos nuestra voz y trabajamos en aquello que nos apasiona, que nos llena de orgullo y que hemos descubierto como nuestra vocación.
Al principio (incluso al inicio de cada nuevo día) buscamos desesperadamente el pretexto perfecto que nos servirá para no trabajar más en “hacer nuestro propio arte” (como diría Seth Godin) y regresar al frustrante pero cómodo arreglo en el que algunos (defensores de su propio estatus quo) nos dicen qué hacer y cómo hacerlo a cambio de la falsa promesa de seguridad y estabilidad.
Pero conforme vamos empujando, siguiendo un paso con otro y con otro después y, literalmente vamos quitándonos de los ojos las vendas del miedo y la duda, vamos generando una energía tal que al poco tiempo nos ayuda a entrar en ese estado de trance el que nos damos cuenta que no solo sí podíamos hacerlo pero que además somo realmente buenos haciéndolo y lo disfrutamos muchísimo.
Entonces, precisamente, nos sentimos más fuertes, más ágiles, de mejor humor y con la certeza de que somos capaces de hacer lo que querramos. Comenzamos a planear nuestros siguiente pasos, marcamos nuevos retos y disfrutamos el momentum que hemos construido, deseando que nunca termine, pero sabiendo que mañana de nuevo tendremos que reunir el coraje para continuar generando esa inercia que nos lleva a este estado de trance en el que somos capaces de lograr lo que nos propongamos.
Make it happeners.
¿Haz tenido una idea tan brillante que la masajeas y masajeas en tu cabeza por días y días perfeccionándola, solo para ver que otra persona le echó a andar?
¿Haz pasado meses coqueteando con la idea de realizar esas increíbles vacaciones de ensueño, solo para ver las fotos de alguien más que las ha tomado ya?
¿Haz planeado por años estudiar esa gran especialidad que cambiará el curso de tu vida, solo para ver que otros de graduaron ya?
La realidad es que ni la más brillante de las ideas que tenemos vale más que una simple acción. Y aún así, la mayoría de la gente sigue así, generando ideas y más ideas, algunos esperando que con solo pensarlas puedan convertirse en realidad y otros intentando ocultarlas por temor a fallar.
Hay un dicho de T.S. Eliot que hace poco mi amiga Brigitte Seumenicht me recordó y que dice: “Solo aquellos que se arriesgan a ir más lejos, tienen la posibilidad de saberlo lo lejos que pueden llegar”.
Y la triste realidad es que solo unos cuantos se atreven a hacer justo esto.
A ellos(as) me gusta llamarles “MakeItHappeners”.
Personas que no solo saben pero también entienden que la única manera de saber que tan lejos pueden llegar, la única forma de descubrir todo lo que pueden hacer en realidad, es dejar de planear y comenzar a ejecutar.
Gente dispuesta a equivocarse y aprender todos los días para saber, al día siguiente, que tienen que hacer mejor.
Personas que entienden que no tienen que ser grandes políticos, militares o herederos de fortunas para marcar un cambio desde su lugar y que dejan el discurso de lado y generan valor para los demás. Que dejan de estirar la mano esperando recibir de otros y que mejor dibujan su propio mapa, creando a su paso nuevas oportunidades para los demás.
Estas personas son quienes mueven nuestro mundo día con día.
Estas personas somos tu y yo.
Así que pregúntate ahora mismo: Esta semana ¿Qué harás que suceda?
Monqui-Brainland
Seguro conoces esa sensación…
Comienzas pensando algo simple como el dead line que tienes ese día para entregar un trabajo y brincas a pensar que ese día no desayunaste más que un yogurt para beber porque no tuviste tiempo de cocinar… espera! cocinar? Pagaste el gas? El recibo lo dejaste ahí junto con la receta del doctor… receta? Pero tienes que hacer los análisis … pero los cubrirá el seguro médico? Seguro médico? Lo cargas a la tarjeta de crédito? Tarjeta de crédito? Ya la pagaste? Tienes que checar el saldo el línea… Pero ya que estás en línea, por qué no dar una vuelta por FaceBook a ver qué están haciendo tus amigos?… Uf fulanito volvió a cambiar su estatus a soltero… qué habrá pasado por sutanita? Sutanita? Le tengo que entregar el trabajo! El dead line se acerca… qué va a pensar de mi? … Pero no se ni por dónde empezar, podré cumplir? Nunca he hecho esto… que estrés con este trabajo y ni siquiera me pagan seguro médico… por cierto la tarjeta! Pero que hambre, ese yogurt no me lleno, más vale que pague el gas a tiempo, lo hago de paso al doctor, pero qué hora es? Se pasó el dead line de la entrega…
Cualquier parecido con la realidad NO es coincidencia.
“Monkey brain” le llaman algunos al comportamiento que tiene nuestra mente cuando no nos podemos concentrar o enfocar en algo en específico pues nuestro agitado cerebro brinca de un tema a otro sin reparo y sin poder concluir nada de lo que queremos hacer, tal como un chimpancé salta de un lugar a otro continuamente.
Y el problema es que en realidad no tenemos que lidiar con un solo “monkey brain” sino con muchos más. Tantos que casi podríamos crear personajes de pequeños simios, tipo Monquiquis o Cariño-Ositos (no se hagan, si tienen más de 25 años, saben quienes eran los Monquiquis) para representar a cada uno de estos “monos mentales” con los que podríamos hasta hacer una carícatura.
¿Se imaginan? Tendríamos en nuestra cabeza por lo menos a Miedito-Monqui, Ego-Monqui, Procrasti-Monqui, Monqui-Consentidor, Ambicio-Monqui. Chismo-Monqui y Envidi-Monqui, como los personajes centrales que con mayor frecuencia distraen nuestra atención y enfoque en lo que realmente es importante.
Y como en toda caricatura, siempre tendríamos al viejo y sabio chimpancé que cuente con una moraleja o lección que compartir con cada uno de estos “monquiqis mentales”
A Miedito-Monqui le diría que nunca sabrá que tan lejos puede llegar si no se atreve a dar ir tan solo un poco más lejos.
A Envidi-Monqui le enseñaría a no menospreciar sino celebrar y reconocer los logros de los demás.
A Procrasti-Monqui, le demostraría todo lo que pudiera avanzar si tan solo cerrara su sesión en Monqui-FaceBook (sí en Monqui-brainland, también tienen FB, de hecho si fuera país será el más grande de Monqui-brainland), si dejará de consultar su email cada 2 minutos y apagará el celular para tan solo concentrarse por una hora en la tarea que tiene enfrente.
A Ambicio-Monqui seguramente le daría una lección para que se diera cuenta de que nunca es suficiente hasta que descubrimos que sí lo es.
A Monqui-Consentidor le enseñaría la importancia de no sacrificar un beneficio a largo plazo a cambio de una recompensa instantánea e inmediata.
A Chismo-Monqui le diría que dejé de hablar de otros y nunca diga de ellos nada que no les diría cara a cara y mejor se enfoque en su trabajo. Porque perder el tiempo con chismes, más que hablar mal del otro, habla mal de ti.
Y a Ego-Monqui le demostraría el enorme peso que podría quitarse de encima con solo dejar de lado la imperante necesidad de demostrarse que tan valioso es, para mejor enfocarse en generar valor para si mismo y para su comunidad.
Y así el viejo y sabio chimpancé ayudaría a controlar a cada uno de los “monquiqis mentales” en nuestra cabeza…
¿Cuáles serían otros “monquiquis mentales” que habitan en su cabeza?
Un elefante y una lagartija – promoviendo el cambio sostenido.
Es un hecho, para realizar un cambio sostenido y profundo en una organización o en una persona, saber que el cambio es necesario y contar con distintos pedazos de información y conocimiento que soporten indiscutiblemente la idea del cambio, no es suficiente y necesitamos también sentir por qué es necesario cambiar.
Por eso es que tanto fumador, a pesar de contar con toda la inequívoca información sobre los fatales e irreversibles daños que les provoca (y a quienes les rodean) el cigarro, simplemente no dejan de fumar.
O porque algunas empresas, que incluso cuentan con reportes financieros, estudios y otras evidencias que demuestran la importancia de ajustar sus acciones, continúan avanzando en una dirección que evidentemente les está llevando a un sendero sin salida.
Y es que esto tiene que ver, de acuerdo a diversos estudios psicológicos y de neurociencia, con nuestro cerebro primitivo o reptílico. Es decir, esa parte emocional de nuestro cerebro que está programada, desde hace cientos de miles de años para asegurar la sobrevivencia de la especie y no exactamente para su evolución ni cambio; y que se enfoca en buscar , primero seguridad y después confort al satisfacer nuestras necesidades básicas. Fuera de esto, para nuestro “cerebro de lagartija” como bien lo llama Seth Godin, todo lo demás es una cereza en el pastel o una amenaza.
Y el cambio, es decir, dejar de hacer lo que es cómodo y familiar para nosotros y comenzar a aventurarnos en lo desconocido, es para nuestra mente primitiva, una amenaza, ante la cual nuestro lado emocional del cerebro, mejor representado por los hermanos Heath en su libro “Switch” como un elefante, corre precisamente hacia el lado contrario de a donde queremos ir.
A menos que… (de acuerdo a esta metodología) le hablemos al elefante… 
Dejándole ver como serían las cosas si lleváramos a cabo ese cambio.
Piensen en Howard Behar cuando promovió el cambio de maquinas de expresso manuales de doble grupo, a las máquinas automáticas que hoy conocemos en todos los Starbucks a los que vamos. El mismo, en su libro “It`s not about the coffee” cuenta sobre la resistencia que enfrentó en un inicio al proponer “industrializar” la preparación, hasta ese momento, tradicional de café y como tuvo que demostrar que no solo la calidad de la preparación sería la misma pero que además lograría tener a muchos más clientes contentos a la vez.
Aprovechando el sentido de orgullo de quienes ya lograron el cambio.
Nada provee mejores muestras de que sí se puede lograr un cambio que aquellos quienes ya pasaron por dicho proceso de cambio.
Y finalmente, reduciendo el reto del cambio en pequeños pasos que podamos dar con cierto nivel de control y certeza para ir logrando pequeñas pero rápidas victorias que ayudarán a generar mayor inercia de dicho proceso de cambio.
“El cambio es difícil al inicio y revoltoso en el medio pero nos deja mucho mejor al final” dice Robin Sharma. Así que permitirnos diluir el proceso en pequeños pero continuos escalones, puede marcar la diferencia, después de todo, como dicen por ahí: “El más grande de los viajes comienza con el primer paso”.
Correcto vs. popular
Ser popular es muy sencillo, basta con decir lo que otros quieren escuchar o hacer lo que, a otros, más le gustará. Pero hacer lo popular no siempre es lo mejor ni para ti ni para los demás.
Hacer lo correcto, por el contrario, no siempre resulta ser lo más popular.
Cuando dejas de ir todos los jueves a “tomar” con los amigos para dedicar un poco más de tiempo a trabajar, a estudiar, a entrenar… con tus amigos, pierdes popularidad.
Cuando decides explicarle a tu jefe que no estás de acuerdo con su visión porque piensas que está partiendo de una base equivocada o está cometiendo un error… con tu jefe no eres el más popular.
Cuando en una reunión prefieres callar o no escuchar la crítica que el resto de los ahí presentes hacen a espaldas de alguien que ahí no está… no eres el más popular.
Cuando no permites que un cliente abuse de tu posición como su proveedor y le exiges un trato de igual a igual… con ese cliente quizás, no serás más popular.
Cuando le exiges a tu equipo de trabajo que sean pacientes con sus clientes y antes de juzgarlos traten de escuchar y comprender su posición… con ellos seguramente no eres el más popular.
Cuando a recursos humanos le dices que no asistirás al “retiro” u “off-Site” que la empresa, en el fin de semana organizará, pues tienes que atender un evento aunque cotidiano, importante para tu familia… con ellos, entonces pierdes popularidad.
Cuando prefieres dejar de quejarte de lo mal que están las cosas, como lo hacen los demás, para comenzar a trabajar en lo que de alguna manera puedes aportar para mejorar… con ese grupo de personas que solo se lamentan, no serás el más popular.
Cuando dejas pasar ese «buen negocio» porque sabes que a alguien más le puede afectar… con quienes te lo propusieron, pierdes inmediatamente popularidad.
Cuando por fin te animas a cuestionar al estatus quo de algunos cuantos… con ese grupo no eres el más popular.
Cuando decides dejar de seguir el camino establecido por otros para dibujar tu propio mapa… con ellos tampoco eres popular.
Pero hacer lo correcto, jamás se ha tratado de ser popular.
Viernes de recos en DLC: mis 5 posts favoritos de la semana.
Julien Smith – In over your head – 100 Tips About Life, People, and Happiness
Leo Babauta – Zen Habits – Learning to Sit Alone, in a Quiet Empty Room
Seth Godin’s Blog – The problem with reassurance
Robin Sharma’s Blog – 35 Fast Tips to Make This Your Best Year Yet
Kneale Mann – OneMann’s blog – No one wants a boss
¿Cuáles fueron los suyos?
Role playing of life
Como padres, como hijos, como parejas, como hermanos, como amigos, como profesionales, como estudiantes, como mentores, como coaches, como aprendices, como líderes, como seguidores, como compañeros de trabajo, como jefes, como subordinados, como integrantes de un equipo, como parte de una familia, como miembros de una comunidad…
Todos tenemos múltiples roles que cumplir. Todos casi simultáneos, respondiendo a las enormes expectativas de los demás.
Pero ¿te imaginas al mejor de los actores, haciendo el papel del Hamlet, del Rey Claudio, Polonio y Horacio a la vez?
No importa que tan bueno sea ese actor, como dice Bill Cosby: “No conozco la clave del éxito, pero la del fracaso, sin duda, es querer ser todo para todos a la vez”.
Por fortuna, a pesar de lo que otros quieren hacernos creer, en realidad no todos los roles que tenemos, los debemos cumplir cabalmente todo el tiempo.
El peso que le damos a cada uno de nuestros roles puede cambiar constantemente dependiendo, por un lado de las circunstancias y situaciones especiales que requieren de nuestra atención especial, pero sobre todo, mucho más que de las circunstancias, deberían depender de nuestros propios objetivos y prioridades, es decir de nuestra agenda personal.
Año con año o tal vez para algunos mes a mes, aunque no lo recomiendo con una frecuencia menor a cada 3 meses, todos deberíamos hacer una revisión de nuestra agenda personal, evaluar si nuestras prioridades siguen siendo las mismas y como, hasta ahora, hemos avanzado hacía nuestras metas; preguntarnos ¿Siguen siendo mis prioridades y objetivos los mismos? ¿Requiero hacer un ajuste en la balanza de los roles que tengo que cumplir? ¿Cuáles son las áreas de mi vida que mayor atención requieren hoy?
Tal vez tengas hijos pequeños y requieras pasar mucho más tiempo con ellos, y tu rol de padre o madre toma mayor representación.
Quizás tus hijos ya se graduaron de la universidad, terminaste de pagar tu casa hace tiempo y tu rol de proveedor ya no es tan primordial como hace unos años.
Probablemente tu objetivo de vida te impulse a tomar un rol más preponderante como líder de opinión.
O quizás sigas viviendo con tus padres y tu rol de hij@ sea aún preponderante.
Sea como sea, los roles a los que mayor peso les des, impactarán directamente los niveles de satisfacción de todos los demás roles de tu vida, incluso a aquellos que hayas dejado, momentáneamente, atrás. Y por ende, tendrán un enorme impacto final en tu propio nivel de realización personal.
Por eso la enorme importancia de que seas tú quien decida cuáles serán los más importantes roles para ti en los próximos meses. Que definas claramente cuál es tu misión personal o de vida. Y así determines cuáles son las más grandes prioridades y roles en los que enfocarás tus esfuerzos y recursos.
Es decir cuál será tu agenda personal, cuál es tu plan de acción y no el de alguien más.
Viernes de recos en DLC: mis 5 posts favoritos de la semana.
Marketing, liderazgo, desarrollo personal, mucho leer y compartir este viernes… Aquí mis 5 posts favoritos de la semana:
Curt Rosengren – The M.A.P. Maker – The BIG power of small.
Seth Godin’s Blog – Sold or bought. Y one option is to struggle to be heard.
Mitch Joel – Six pixels of separation – The deception of Malcolm Gladwell, Seth Godin and Gary Vaynerchuck.
Drew McLellan – Drew’s marketing minute – You cannot ignore Google+ for your business.
Cúales fueron los suyos?
















