Directores ejecutivos.
Los ejecutivos de cuenta de hoy son los directores de mañana…
Solo que en un mercado y en un momento como en el que vivimos, esto sucede casi de manera literal.
Los cambios tan repentinos en la economía, las nuevas habilidades requeridas por la tecnología, la alta rotación en las empresas, las nuevas oportunidades y la falta de estas también, son algunos de los factores que han provocado que mucha gente que aún no ha acumulado la experiencia, conocimiento, práctica o madurez necesaria, estén hoy ocupando posiciones que hasta hace unos años, ocupaban profesionales que tenían un gran bagaje en su carrera profesional.
Y tanto organizaciones como individuos tienen su pedacito de responsabilidad.
Y el hambre se junta con las ganas de comer.
Por un lado las empresas, en su búsqueda por recortar costos, han sido capaces incluso de asignar las responsabilidades que antes pertenecían a profesionales con una amplia experiencia, un alto seniority y por supuesto grandes salarios, a jóvenes profesionales que se encuentran en los primeros años de su carrera. Y por el otro, estos jóvenes talentos, quienes crecieron en la era de lo “instantáneo” quieren que sus carreras sean así: instantáneas.
Ellos saben que, por los recursos que han tenido a la mano, tienen un amplio conocimiento sobre su especialidad laboral; conocen diferentes herramientas que pueden y saben usar para hacer más sencillo su trabajo y tienen mucha prisa por crecer, aún si es tan solo para ocupar una nueva posición que en lugar de llamarse coordinador se llame sub-gerente y pague dos pesos más.
Y así, sin darse cuenta, las empresas que aceptan y promueven esto, amanecen un día repletos de directores ejecutivos; es decir, ejecutivos de cuenta que ahora hacen, como pueden, las veces del director; y como es de suponerse la situación se convierte casi automáticamente en una bomba de tiempo para los dos. Organización y empleado se ven envueltos en una difícil situación. Clientes se quejan del trabajo y lejos de incrementar su compra, amenazan con dejar la firma; proveedores dejan de surtir debido a los pagos atrasados y los accionistas se preguntan por qué los números del trimestre no llegaron a lo esperado. La situación se convierte en crisis y la única válvula de escape para que las cosas no estallen es dejar ir a aquel director que simplemente no pudo lograrlo.
Entonces el ex director ejecutivo, ahora desgastado, agotado y desempleado tiene que buscar ubicarse en un nuevo trabajo, tal vez colocándose en el puesto original de ejecutivo, siempre esperanzado a que pronto lo vuelvan a promover.
Por eso si llegar a encontrarte en una situación similar, tómalo con calma y no quieras correr solo por correr.
Analiza bien la situación, pregúntate a ti mismo si en verdad estás preparado para asumir esa nueva posición.
No digo que le saques la vuelta, sino que de manera consciente tomes la más correcta decisión.
Respóndete con honestidad si cuentas ya con el conocimiento teórico que necesitas y qué tanta experiencia tienes al respecto. ¿Te sientes emocionalmente apto para esta nueva posición?
Analiza el impacto que en cada aspecto de tu vida un nuevo título puede tener, y cerciórate de que en realidad estás dispuesto a hacer los sacrificios de tiempo, espacio y hasta salud que esta nueva aventura te va a requerir.
Ten muy claro cuáles son las habilidades y características con las que cuentas ya y por las que la organización ha decidido darte esta nueva asignación, y de manera humilde y con los pies bien plantados en la tierra, identifica cuales son las otras capacidades que aún tendrás que desarrollar y en cuanto tiempo las podrás dominar.
No tomes una nueva posición solo porque con el título y el dinero te has dejado deslumbrar.
Da ese paso solo porque en verdad estás convencido del valor que sí puedes aportar.
¿A que grupo pertences tú?
Los vemos con enorme frecuencia, no importa la empresa o el tipo de organización que sea, ni el nivel de jerarquía ocupado por la gente, tampoco la cantidad de ingresos o el tipo de trabajo que se realice.
Y al mismo tiempo a estos otros también los podemos ver con tanta frecuencia como a los anteriores, y para ellos tampoco importa el tipo de empresa, ni el puesto, ni su compensación.
Ambos conviven todos los días, trabajan de la mano, comparten oficina, comen juntos, algunos estudiaron lo mismo, tal vez incluso hasta en la misma institución, otros vienen de contextos totalmente contrastantes y sin embargo están ahí compartiendo a veces, más tiempo con nosotros que con su propia familia.
Unos llegan hasta a convertirse en los mejores amigos de quienes forman parte de su grupo y del otro también, los otros, difícilmente hacen amistad con alguien, incluso (o quizá, sería mejor decir, especialmente) dentro de su propio grupo.
A simple vista son los mismos profesionales que vemos todos los días en todas las empresas, pero basta con poner tan solo un poco más de atención para darse cuenta de un rasgo clave que los distingue totalmente entre sí: unos sonríen y otros no.
El primer grupo, si bien sigue en la lucha diaria y sabe que falta mucho por recorrer, está satisfecho con sus logros y contento con su trabajo; hace lo que le gusta y le gusta lo que hace.
El otro grupo, el segundo, nunca está contento. Siempre está estresado de más, jamás está satisfecho con lo que ha logrado y se encuentra sometido por sí mismo a una frenética búsqueda de crecimiento en la corporación.
Y no, lo que hace que una persona pertenezca a uno o a otro grupo, no está en el título, ni en su nivel jerárquico, mucho menos en su compensación.
En lo personal conozco casos de grandes y aparentemente “exitosos” ejecutivos que ocupan los más altos niveles en su organización y que todos los días se lamentan por su “precaria situación”, angustiándose por la cuota del mes o por lo que su jefe pensará de ellos al día siguiente; y también conozco casos de ejecutivos del mismo nivel, o incluso más alto, que disfrutan cada día de su trabajo como si fuera el primero (o el último) de su carrera.
Y también conozco gente que organizacionalmente tiene una posición más sencilla y que todos los días se queja porque en su empresa no solo valorados como se merecen; y otros que día a día agradecen estar ahí porque saben que es parte de su plan.
Así que no, el título que ostentemos nada tiene que ver con el grupo al que pertenecemos.
Incluso, en muchos de los casos, la gente brinca de un grupo a otro con cierta repetición.
Entonces ¿qué es lo que define que pertenezcas a uno o a otro grupo?
Desde mi punto de vista, quienes pertenecen al segundo grupo, el que se queja y vive enojado y estresado, no tienen un plan de carrera claramente trazado y no saben a dónde van; o mucho peor aún, son víctimas de su claramente trazado plan de carrera; lo han seguido tan al pié de la letra que han ido avanzando con paso firme y constante.
En este grupo uno empieza su desarrollo como asistente y es promovido a coordinador, después a supervisor y más adelante a gerente y con el paso del tiempo, un poco de suerte y un claro compromiso incondicional a su carrera profesional, la gente se convierte en los grandes ejecutivos que son hoy.
En el primer grupo, el que está contento y satisfecho, también se empieza trabajando como asistente, se es promovido a coordinador y después a supervisor, gerente, director y con el paso del tiempo, un poco de suerte y un claro compromiso también llegan a convertirse en los grandes ejecutivos que son.
Solo que este grupo, no está solamente comprometido con su plan de carrera y entiende que este es solo un área más dentro de algo mucho más importante: su plan de vida.
Estas personas no se están quejando porque no les va como quisieran y ante los retos y baches a los que todos nos enfrentamos, tienen claro un concepto: este es solo un paso más que hay que dar para seguir adelante hasta donde queremos llegar.
Estos sujetos no llegan a los niveles más altos de una organización pensando que son mejores que los demás o no sabiendo que hacer una vez que están ahí. Tampoco se quedan a admirar sus logros para luego caer.
Estas personas llegan a donde quieren llegar, sin importar si eso es tener la oficina más grande de la corporación, su escuela de danza, un lugar en una orquesta sinfónica o un bar en la playa; porque saben que llegar ahí es parte de su plan, no de carrera, sino de cómo ellos quieren vivir.
Y la pregunta que queda entonces es: Tú ¿A qué grupo quieres pertenecer?

7 simples pasos para llevar a tu equipo de “tener que” a “querer” trabajar contigo.
Ser la cabeza de un equipo de trabajo puede resultar ser una posición de mucha soledad, y entre mayor el título, más grande el aislamiento también.
Sin embargo cada vez que lo pienso, me convenzo aún más de que esa situación no es provocada por nadie más que por el propio titular de dicha posición y que, por esta misma razón, se puede convertir por completo si estamos auténticamente dispuestos a hacer algunos ajustes en nuestra conducta para dejar de ser directores y convertirnos en líderes:
- Entender que no trabajamos para quedar bien con nuestro jefe inmediato y que de la misma manera, nuestro equipo no trabaja para quedar bien con nosotros, sino que todos trabajamos para la misma organización y que, antes de buscar hacer lo popular con nuestros jefes y compañeros, tenemos que hacer lo que sabemos que es lo correcto para la compañía, para la industria a la que pertenecemos y para la sociedad en la que vivimos.
- Dejar de imponer, por la fuerza de la autoridad formal de un título, nuestro punto de vista sobre el de los demás , para comenzar a respetar los puntos de vista de todos quienes colaboran con nosotros; y no hacer distingos ni desaires a aquellos que no concuerdan con el nuestro. En todo caso, tendríamos que preguntarnos qué hemos hecho para convencerles de nuestra visión o incluso si nuestra visión en verdad es la correcta.
- Dejar la arrogancia y las poses de lado y empezar a tratar a todos con respeto y humildad. Ser la cabeza de un grupo, no te hace superior a los miembros de tu equipo, tampoco quiere decir que eres quien más sabe de todo, ni mucho menos que el resto no está a tu nivel. Por el contrario, un verdadero líder sabe que es el quien tiene que subir a la altura de sus colaboradores, rodeándose de gente talentosa y experimentada que, juntos y bien coordinados, pueden llevar a la organización a esos grandes objetivos que se ha trazado.
- Dejar de manejar la información y las situaciones a como convengan a tus intereses personales, para respetar los acuerdos previos y honrar las promesas de la organización, aun si no fuiste tú quien las hizo en un principio.
- Dejar de imponer tu manera de hacer las cosas y romper con tus paradigmas para darle espacio a la propuesta de trabajo de los miembros de tu equipo. Aprender a reconocer las fortalezas de cada miembro del equipo y entender como estas pueden ser puestas en práctica para favorecer al equipo completo, es una habilidad básica que todo líder debe desarrollar.
- Dejar de invadir el espacio y el tiempo personal de tu equipo con mensajes y llamadas en fin de semana, vacaciones, incapacidad médica o días personales. Pocas cosas dicen “no me importa lo que estés haciendo” como un correo electrónico en domingo en la noche pidiendo información.
- Dejar de manejar a tu staff desde la burbuja de tu oficina para comenzar a involucrarte de verdad con tu equipo y saber qué es lo que cada quien necesita hacer, dentro y fuera de la compañía, para cumplir con los objetivos que se han acordado
Pon en práctica estos simples ajustes y verás como la gente deja de trabajar contigo porque eres el jefe que les tocó, para comenzar a colaborar contigo porque eres el líder al que ellos decidieron seguir y apoyar.
Lo bueno, lo no tanto y lo que esperamos de los próximos Effie en México.
Esta semana tuve la oportunidad de asistir a la entrega de los premios Effie México 2009, celebrados por la Asociación Mexicana de Agencias de Publicidad (AMAP) y que durante los últimos diez años ha premiado a las más destacadas, pero sobre todo efectivas, campañas de publicidad en nuestro país.
- Además de la gran convocatoria. Impresionante ver reunidos en un solo lugar a los principales realizadores de prácticamente toda la comunicación comercial que vemos todos los días en México. Directores creativos, Gerentes de Marca, Directores de cuenta y Directores de Mercadotecnia y otros tantos reunidos para conocer y, en algunos casos, recibir el reconocimiento por su esfuerzo y dedicación a estas disciplinas.
- Por supuesto la oportunidad de ver a muchos viejos y nuevos amigos y saber que la mayoría de ellos estaban ahí pues sus campañas estaban nominadas a ganar.
- Por otro lado, la noticias de la próxima publicación de un libro conmemorativo de los 10 años de Effie en México, que contendrá los casos que durante todo este tiempo han recibido un Effie de oro.
- Ver como el evento cada año tiene una mejor producción y se vuelve más atractivo para todos los que vivimos de la industria de la publicidad en nuestro país.
- El espíritu de competencia que parece haber rebasado por mucho al de colaboración e integración de una sola industria.
Siendo totalmente sincero me pareció un tanto raro ver como todo los asistentes se agrupaban en mesas solamente conformados por los miembros de una sola agencia y como solo aplaudían a la nominación o entrega de un premio para su propia organización, pero jamás para los demás.
¿Qué no estábamos todos ahí para celebrar lo mejor de las campañas de publicidad, aún cuando las más destacadas no fueran las propias? - De 31 premios entregados en la noche, solamente dos casos mostraron tener un fuerte componente de marketing digital, solo uno de estos ganó y ganó un plata.
Lo cual habla del desentendimiento que sigue existiendo dentro de la industria por realmente impulsar esta disciplina, no como una emergente o una moda especial por la que tenemos que estar, sino porque es una realidad que se trata de una evolución clara en la manera de hacer comunicación.
Lo que esperamos del próximo año:
- A decir verdad, no quisiera ver un premio especial a las mejores campañas digitales.
Esto sería un gran error que ya muchos hemos cometido en el pasado y del que hemos aprendido.
En su lugar, en lo personal, quisiera ver un testimonio de la integración de las campañas, ya no solo con los medios digitales tradicionales, ni con los medios sociales o los motores de búsqueda y plataformas de rich media; sino con una integración de prácticas de medición off-line con las herramientas de web analytics. - Una industria más integrada, más cercana, con menos ganas de ganar y más ganas de aportar.

¿Y ustedes qué esperan para los Effie del próximo año?
Atrévete a ser.
¿Y si no funciona? ¿Si se acaba el dinero? ¿Qué van a pensar los otros de mí? ¿No estaré muy viejo para eso? ¿No seré demasiado joven? ¿Qué tal si no es el lugar correcto? ¿Y si no estoy bien preparado?
Todas estas preguntas, algunos temores, uno que otro crítico, experiencias pasadas e historias de otros me vinieron a la mente mientras escuchaba a un viejo amigo quien se abría de capa para compartirme su frustración y preocupación respecto a qué camino tomar en su carrera profesional.
Y mientras pensaba yo como podría ayudarlo, recordaba la manera en que siempre ponemos toda nuestra atención en todas las razones por las que no deberíamos de dar ese importante paso para nuestra vida.
No importa si se trata de un movimiento profesional, el inicio de una relación amorosa, un cambio de casa o un proyecto de salud; típicamente nuestra atención la centramos en el por qué no tomar la decisión; y claro, no es de sorprenderse entonces que nunca vayamos adelante con nuestro tan pendiente plan.
Incluso hasta en los casos donde tenemos todo listo y todo, absolutamente todo, prueba estar a nuestro favor, de alguna extraña manera, la típica y absurda pregunta de “¿Y si me equivoco?” llega a convencernos de que no es el momento correcto para independizarnos profesionalmente, para formar un hogar, realizar ese esperado viaje o iniciarnos en ese nuevo hobby que tanto anhelamos.
Razones para dejar de hacer algo siempre sobrarán. Mantenernos en nuestra orilla del océano siempre resultará incómodamente confortable y aquel viejo dicho que va “Si no está roto no lo arregles” seguirá siendo un gran pretexto para no atrevernos a crecer.
Pero ¿Y qué si nos equivocamos? ¿Y qué si las circunstancias no eran las mejores? La realidad es que nunca lo serán. El tiempo ideal para cambiar de trabajo, abrir nuestro propio negocio, mudarnos de ciudad, etc. solamente lo podemos hacer nosotros mismos.
Las únicas personas con la capacidad de crear las mejores circunstancias posibles para dar ese anhelado paso, somos nosotros. Solo nosotros podemos decidir y actuar.
¡Apresúrate a equivocarte!
¿Temes no estar listo para dar ese paso? Prepárate.
Ten claro qué quieres de tu vida, mantén una visión clara de a dónde quieres llegar. Traza tu camino, visualiza cada paso de este, piensa en cada escalón y en los retos que puedes desde ya prever.
Si se trata de un cambio de carrera, estudia y desarrolla las habilidades y conocimientos que necesitarás; si se trata de tu independencia profesional genera y ahorra los fondos financieros que requieres en tanto continuas preparándote y aprendiendo.
Si se trata de un nuevo deporte, acondiciónate. Si se trata de un viaje, aprende lo básico de tu destino.
Prepárate y se flexible, entiende que retos y contratiempos siempre habrán.
Pregúntate a ti mismo ¿Qué es lo peor que puede pasar si me equivoco? Seguro verás que la respuesta no es tan grave como podrías imaginártelo.
¡Prepárate, se flexible y atrévete!
Porque definitivamente el más grande error que podemos cometer es dejar de hacer y no atrevernos a ser.
Consejos para un amigo
Una posición muy bien merecida, para la que no pudieron elegir a un mejor candidato, sin embargo una posición nueva al fin para él.
Pudimos conversar durante un buen tiempo a cerca de los retos a los que se enfrentará, pero sobre todo sobre las oportunidades que tiene ahora enfrente; compartimos consejos y recomendaciones y después de esa rica plática me quedé pensando en todos los consejos que me gustaría escuchar a mí…Así que decidí hacer una breve lista de estos para compartir aquí:
1- Conoce tan bien a tu equipo como si fueran tu familia, habrá días en que pases más tiempo con ellos que con tu familia.
2- Esfuérzate por comprender qué es lo que mueve y motiva a cada integrante de tu equipo. Entiende que no a todos les hacen vibrar las mismas cosas y que no todos trabajan solo por hacer dinero. Da un significado a su trabajo todos los días.
3- Convive con ellos, no te encierres en tu oficina, trabaja de la mano con ellos, pero no hagas su trabajo por ellos.
4- Demuestra cuanto respetas a tu equipo dándoles el poder, la responsabilidad, la facultad y el espacio para tomar decisiones e implementar acciones.
5- Festeja sus errores. Haz que no teman a equivocarse, así intentarán siempre hacer algo más.
6- Toma las decisiones correctas por las razones correctas. Busca hacer lo que es correcto para la organización y para tu gente y no lo que crees que sería más popular con tus jefes o tus compañeros.
7- Jamás impongas tu posición, crea una visión alineada con los intereses de la organización, por la que todos trabajen con pasión.
8- Nunca sientas que estás por encima de tu equipo. No son tus em
pleados, en todo caso eres tú quien trabaja para ellos y no al revés.
9- Entiende que no siempre debes tener la razón o ser quien sabe más. Reconoce tus más grandes fortalezas y tus áreas de oportunidad, haz lo mismo con tu equipo y deja que cada quien aporte sus habilidades cubriendo todos los frentes del equipo.
10- No abuses de tu título. El puesto que se muestra en tu tarjeta de presentación no te hace más importante o mejor que los demás. Lo único que quiere decir es que tienes una mayor responsabilidad pues dependes de más personas que los demás.
11- Recuerda, liderazgo se LIDER significa:
Lazo
Incluyente
Dedicado
Entusiasta
Responsable
Todos buenos consejos, pero sin duda alguna uno de los mejores que he escuchado últimamente, fue el que justo mi amigo me dio: “Siempre recuerda que cada día tienes un consejo directivo a quien reportar: tu familia”.

Tu éxito, tu obstáculo.
Sucede. Y sucede con frecuencia. Lo he visto en muchos amigos y compañeros de trabajo y también frente al espejo. Nos entregamos en cuerpo y alma a nuestro trabajo, le dedicamos horas y horas a perfeccionar lo que hacemos, no descansamos hasta que dominamos cada una de las tareas incluidas en nuestro rango de acción. Nos transformamos en especialistas, en expertos, y en algunos casos, hasta en autoridad o punto de referencia.
¡Muy bien! Pero ¿Después que queda?
Por supuesto que no está mal ser exitoso y ser el mejor, por el contrario, siempre hay que esforzarse por destacar en lo que hacemos. Sin embargo, olvidamos que hay muchas otras cosas que también debemos dominar, dentro de las cuales está principalmente controlar la arrogancia que podemos desarrollar a raíz de nuestro propio éxito. Y esto sí que está mal.
Claro que es dulce ser exitoso. Es realmente placentero escuchar cumplidos en reconocimiento a nuestro trabajo y las palabras adulantes de personas que quieren quedar bien con nosotros, pues creen poder beneficiarse de nuestro éxito, de hecho, resultan ser una gran golosina para nuestro ego.
Pero insisto, ¿Después de esas palabras que nos queda?
Una vez que hemos llegado a “nuestra cima” debemos reconocer que tenemos dos opciones, regocijarnos en nuestro éxito, descuidarnos y caer; o bien saber que después de disfrutar por tan solo unos momentos nuestros logros, debemos de fijar un nuevo horizonte y movernos hacia él.
Y para esto, es indispensable comprender que el éxito se presenta en diferentes maneras, y no todo se manifiesta en la acumulación de poder, bienes materiales, dinero o un título nobiliario y que, lo que es importante para unos puede no serlo del todo para otros.
Y debemos darnos tiempo para, con humildad, aprender a identificar nuestras fortalezas y nuestras debilidades.
Necesitamos reconocer que nuestras más grandes fortalezas exacerban nuestras propias carencias también.
Nadie es perfecto. El que seas un gran creativo, no quiere decir necesariamente que seas un gran estratega. El que hagas producciones de enorme calidad, no significa que tu creatividad sea la mejor. Ser un erudito de las matemáticas no te hace bueno para explicarlas y ser un excelente coordinador, no te convierte en un gran líder.
No dejes que tus grandes fortalezas te vuelvan miope ante tus áreas de oportunidad, reconoce de qué pié cojeas y busca reforzarlo rodeándote y asociándote con aquellos que son tan fuertes en tu área de oportunidad, como tú en tu especialidad.
Admite que no lo eres todo, que necesitas de los demás y que tienes que colaborar con ellos. Ábrete a participar con otros y deja que te aporten su experiencia. No siempre tienes que demostrar que tu sabes más.

Picture credit: Redjotter
Escoge tus habas.
“El pasto del vecino siempre es más verde” es una frase muy conocida en todo el mundo pues es algo que escuchamos y expresamos también con mucha frecuencia.
Vemos como es la vida de otros, su familia, su casa, su trabajo, su puesto, su sueldo, su horario, su jefe, sus beneficios y que tan bien se la pasan haciendo lo que hacen; pensamos en secreto o no tan secreto “como quisiera tener lo que el otro tiene” y olvidamos y dejamos de lado lo bien que estamos nosotros mismos, hasta que alguien más nos hace saber que “nuestro pasto, es más verde que el suyo” y así la historio se repite y se repite sin parar.
No importa para quién trabajes, a qué te dediques o en donde vivas, es igual.
Si trabajas en una gran empresa global, tú ves la burocracia corporativa mientras otros ven las grandes prestaciones que tienes; si colaboras en una pequeña empresa, tu pones atención en lo limitado de los recursos en tanto otros lo hacen sobre cómo eres prácticamente parte de la dirección; o si trabajas de manera independiente o tienes tu propia empresa, tú piensas en lo complicado que es generar los ingresos a la vez que los demás celebran tu independencia.
La realidad es que, como dice el dicho: “En todos lados se cuecen habas”. No importa en donde labores, con quien lo hagas o que tan exitoso seas, siempre habrá algo, un pequeño detalle, una persona, un proceso o lo que sea, que provoque en ti las ganas de fijarte en el pasto frente a ti.
Entonces ¿Qué es lo que hace la gente que tanto admiramos? Esas personas que parecen tenerlo todo y a quienes siempre se les ve sonriendo y nunca quejándose. ¿Realmente su vida es tan perfecta como se ve?
Hace meses leí una frase de Robin Sharma (a quien mucho he citado aquí) que decía que un rasgo de los más grandes atletas, empresarios, artistas, empleados, etc. es que “hacen que lo difícil se vea muy fácil”.Y lo logran por lo que lo trabajan y practican todos los días, y porque entienden que hay cosas que deben de hacer aún cuando no les guste hacerlas, y las hacen sabiendo que es lo que les permitirá llegar a donde quieren. Saben que aunque hay situaciones que preferirían evitar, estas son pasos necesarios para continuar avanzando hasta la meta a la que quieren llegar. No se quejan, conocen lo que es necesario, “escogen sus habas” y continúan trabajando por lo que quieren lograr.
La cosa no está en buscar la vida perfecta. El camino sin piedras no existe y las únicas personas que no tienen ni un solo problema hoy ya no están aquí.
Todos podemos ver verde nuestro propio jardín, pero tenemos que reconocer que también habrá momentos que aunque los queramos evadir, son precisamente esas «habas que se cuecen» en todos lados y que son parte de lo que tenemos que vivir.
Y quién sabe…tal vez estas resulten ser como las habichuelas mágicas de Jack y llevarnos hasta nuestra gallina de los huevos de oro al fin.

Alineación y balanceo.
Lo mismo creo que sucede en los seres humanos. Sabes que es momento de tomar medidas correctivas en tu vida cuando sientes que tu camino está jalando para el lado que no sientes sea el correcto, cuando por el ajetreo y ritmo tan veloz de la vida dejas de vibrar o cuando tu cuerpo o mente comienzan a tener un desgaste (cansancio) más grande de lo “normal”.
Estoy seguro de que todos, en algún momento u otro de nuestras vidas, tal vez hasta en repetidas ocasiones, hemos sentido por lo menos uno de estos tres síntomas. Pero de lo que no estoy tan seguro es con que tanta rapidez reaccionamos y corregimos estos problemas, o más importante aún que tanto “mantenimiento preventivo” nos procuramos a nosotros mismos.
Estamos tan ocupados todos los días, manejando nuestras saturadas agendas, tratando de quedar bien con todo el mundo, buscando el siguiente puesto, el próximo aumento de sueldo, el bono anual, el cierre de contrato, cubrir la cuota del año, el reconocimiento público como profesional destacado; y en la vida personal también tan enfocados a ser el padre del año, la pareja modelo, el gran anfitrión, el consejero y amigo más buscado, etc.
Que dejamos totalmente de lado darnos el tiempo (el mantenimiento) que necesitamos. Entonces viene de nuestro cuerpo, el reclamo. Notamos el desgaste, nos enfermamos: espaldas contracturadas, gripas sin razón, gastritis agudizadas, falta de sueño.
Los proyectos que antes nos llenaban de emoción se convierten en condenas de prisión y dejamos de vibrar. Nos damos cuenta que en algún punto del camino, sin notarlo tomamos una desviación.
Y nos enfrentamos al incómodo y difícil momento de “la decisión”. El punto en el que tenemos que reconocer que debemos parar y reconsiderar nuestra dirección; evaluar si estamos en el camino correcto, llevando el paso que queremos o si solo estamos siendo parte del ruido que envuelve a las masas en la indecisión.
Es momento de tomar nuestro propio balanceo y alineación, y preguntarnos:
- Lo que hago hoy ¿está alineado con los principios e intereses que más valoro yo?
- ¿Qué de todo lo que hago hoy me hace vibrar de emoción?
- ¿Tengo claro a donde quiero llegar y cómo quiero vivir, no en unos años, sino a partir de hoy?
- ¿El camino en el que me encuentro hoy, aunque sea un escalón más, me acerca en esa dirección?
Es tiempo de girar las llantas, realinear la dirección y regular nuestra vibración.

Una cosa importante que entender sobre la ley de la reciprocidad.
Seguro que lo habrás escuchado, de una u otra forma, pero lo has hecho. En dichos como “Haz el bien sin mirar a quien”, “al que bien se porta, bien le va”, “El que mata a hierro, a hierro muere”, “Uno cosecha siempre lo que sembró”, etc. La ley de la reciprocidad que básicamente en términos físicos establece que “A toda acción corresponde una reacción”.
Pero esta ley, como bien lo sugieren estos dichos, no solo opera en el plano físico de las cosas, es decir no solo se encarga de que todo lo que suba tenga que bajar, sino que actúa directamente sobre nuestras acciones y comportamiento cotidiano.
Por eso es que siempre que alguien hace algún favor para alguien más, aun cuando esto no se discuta directamente, el favorecedor siempre quedará esperando en silencio a que en algún momento el favorecido le regrese el favor; de modo que el “hoy por ti mañana por mí” queda siempre latente en toda relación. Aunque he de decir que creo que aquí está escondido un error básico que hay que entender.
Claro que hay que ayudar a todos y por supuesto que todos siempre necesitaremos ayuda de otros. Por supuesto que si ayudas a distintas personas a ser exitosas en su trabajo, en su relación o en cualquier otro aspecto de su vida, por lo menos una de todas esas personas en algún momento te regresará el favor; pero por ningún motivo debe ser esto la razón atrás de tu intención de ayudar.
La ley de la reciprocidad no funciona en ese sentido. No puedes esperar tener favores especiales de alguien o de la vida a cambio de haber ayudado a alguien más.
La ley de la reciprocidad, desde mi punto de vista, funciona al revés: estás ayudando a otros en respuesta a todos los favores y bendiciones que la vida te ha dado ya.
Estás ayudando a otros, no para que alguien más te ayude a ti; esa ayuda la tienes ya de igual manera. Estás ayudando a otros porque desde antes la vida te ha regalado el favor o en otras palabras la gran bendición de estar en una posición en la que puedes precisamente hacer eso: ayudar.
Así que la próxima vez que tengas oportunidad de ayudar a alguien más, deja de lado la idea de qué podrás obtener algo a cambio y en su lugar agradece todas las bendiciones que tienes ya; porque gracias a ellas estás en condiciones de ayudar.


